¿De verdad que existe un conflicto político entre los vascos?

constantemente estamos acostumbrados a oír, de boca de representantes
de todo tipo del entorno ideológico del PP y del PSOE (desde
portavoces cualificados de tales partidos a personas de a pie, pasando
por intelectuales y expertos de lo más variado), que no existe ningún
conflicto político entre los vascos y los españoles, sino todo lo más
el derivado de que unos delincuentes intolerantes (los terroristas de
ETA) utilicen la violencia para defender determinadas reivindicaciones
políticas. Alternativamente oímos a veces que sí existe tal conflicto,
pero entre los propios vascos, que seríamos, presuntamente, incapaces
de ponernos de acuerdo sobre los principios básicos que deben regular
nuestra organización sociopolítica.

Dado que lo fundamental para poder dar con la terapia adecuada es
verificar inicialmente la exactitud del diagnóstico, de manera que el
paciente no salga del quirófano con el corazón operado cuando lo tenía
sano y las cataratas incólumes cuando no ve ni torta, vamos a intentar
adentrarnos en las profundidades del conflicto (o conflictos),
esfuerzo no por repetido menos necesario.

Empezaremos por dejar sentado qué es lo que entendemos por conflicto,
no vaya a ser que sea un diferente significado de las palabras el que
nos traiga realmente a mal traer. Conflicto no es una mera diversidad
de opiniones. Ni siquiera una diferencia irreconciliable de opiniones
sobre fundamentos básicos de la convivencia, como puede ser la
adscripción nacional o identitaria. No hay más que recordar que en
todas las sociedades hay materias que suscitan enconados debates y
personas que sienten que las decisiones adoptadas (aborto, eutanasia,
pena de muerte, sanción de conductas irrespetuosas con creencias o
preceptos religiosos...) afectan sensiblemente a lo que constituye
elemento referencial de su vida y pensamiento.

El conflicto se produce, en nuestro particular entender, cuando se
dan, además de esas discrepancias profundas sobre cuestiones fundantes
de la organización social, dos ingredientes adicionales: el desacuerdo
en torno a las reglas de juego en virtud de las cuales deben
dirimirse, que son finalmente el resultado de la imposición de una de
las partes a alguna otra, y la consideración de la discrepancia y su
encauzamiento como conflictivos, por un conjunto de ciudadanos del
ámbito en que se produce numéricamente muy significativo.

Desde este punto de vista nos atrevemos a negar que la violencia de
ETA constituya un conflicto. Y desde luego que constituya el conflicto
en el marco de la sociedad vasca. No porque no haya discrepancias ni
imposición de mecanismos de resolución, sino porque son muy pocos los
que predican su legitimidad entre nosotros. No hay que caer en el
error de creer que la mayoría de quienes respaldan con su voto las
opciones electorales de su entorno, apoyan la violencia. En muchos
casos, aunque disculpen en mayor o menor medida a quienes la practican
(encontrando en ellos idealismo personal o contextualizándola entre
otras) su voto se expresa, así lo ponen de manifiesto acreditados
estudios sociológicos, no por la violencia de ETA, sino a pesar de
ella.

No podemos decir lo mismo de las controversias que suscita la
articulación política de las identidades nacionales que conviven entre
nosotros. Existe en torno a ellas un verdadero conflicto vasco. Pero
si existe es, no porque existan tales identidades, no porque una larga
historia de desencuentros y enfrentamientos haya hecho dificultosa su
convivencia armoniosa (o al menos tolerante), sino porque una de ellas
(y no hace falta que les diga cuál) impone, sin la legitimación del
respaldo mayoritario de los ciudadanos, una determinada manera de
resolver la controversia, unas determinadas reglas del juego,
caracterizadas, obviamente, por favorecer su posición y reservarse
siempre capacidad de veto de cualquier opción (por amplio que sea su
respaldo) que no sea de su agrado.

Esta y no otra es la madre del cordero del conflicto vasco, no la
desigualdad en el grado de libertad con el que cada quien puede
expresarse en las urnas o en la calle, como mienten algunos, sino la
desigualdad entre las posibilidades de implantación y desarrollo de
los proyectos políticos que gocen del respaldo mayoritario. El PSOE y
el PP han diseñado un sistema en el que si ganan sus delegaciones en
tierra vasca, se llevará adelante (legítimamente por ser el más
respaldado) su proyecto, pero si pierden, también, porque no hay otro
que permitan que pueda hacerlo.

Sin embargo, no podemos admitir así, sin más ni más, que sea éste el
conflicto político vasco. Sería sencillo reconocer razonabilidad al
argumento zapateril (y de otros en quienes es menos comprensible) de
que lo imprescindible es primero un acuerdo amplio (y transversal)
entre los vascos, si no fuese por dos cuestiones: porque no existen
garantías de que ese acuerdo pudiese realmente pasar de las musas al
teatro (véase lo ocurrido en Catalunya ), luego no está ahí el
conflicto, o al menos no solo, y porque no puede exigirse como
condición previa un acuerdo que uno está en condiciones de impedir.
(Dada la dependencia esclava y sumisa de los socialistas y populares
vascos con respecto a eventuales decisiones tomadas en ámbito ajeno).

Siempre sobrevuela sobre el debate una pregunta: ¿Existiría algún tipo
de conflicto entre los vascos si los españoles manifestasen, a través
de sus máximos representantes, su disposición a respetar (aunque no lo
compartan) lo que mayoritariamente decidan?

Naturalmente que seguiría habiendo discrepancias, y no hay garantías
tampoco de que fuese a derivar de ahí una convivencia identitaria
armoniosa (aunque creemos que representaría un enorme paso adelante
para conseguirlo), pero no habría más imposición ajena, sino respeto a
la mayoría social, se expresase en el sentido en que lo hiciere; el
primer requisito también para poder transformar el conflicto en mera
discrepancia y la imposición en instrumento de tolerancia y
convivencia.

Si la llave está en Downing Street (Moncloa y Carrera de San Jerónimo,
para entendernos) es ahí donde está el conflicto. Y si nos equivocamos
de lugar no la encontraremos. Porque quienes dicen que no existe un
conflicto entre los vascos y los españoles se equivocan. El verdadero
y auténtico conflicto vasco es la imposición de la españolidad a
quienes no la sienten ni desean, por voluntad exclusiva de los
españoles. Aunque haya vascos (muchos, pero no la mayoría) que estén
de acuerdo con ella.

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