Diario íntimo de Jack el Destripador

Cronopiando
Diario íntimo de Jack el Destripador/51 Cuando los años pasan tanto como pesan y el simple hecho de incorporarte al día, tras ocho horas de ensueño, es más una fatiga que un café, soy consciente de que mi vida profesional está llegando a su fin. Hasta hace unos días les confieso que temía fueran a ser parte de la historia mis épicas andanzas, limitado a recordarlas e incapaz de acometer alguna nueva. Incontables son las causas que me han apartado de mi oficio y, entre tantas, la competencia desleal de Estados asesinos, masacrando gente al por mayor, a veces de bala, de hambre, de rutina, desde el anonimato y la impunidad, ha sido una de las que más ha influido en esta jubilación anticipada que, lo reconozco, me negaba a aceptar. También los grandes medios de comunicación y su infame campaña de descrédito a mi persona, incapaces de reconocer el genio de un virtuoso artesano del destripamiento como yo he sido, mientras agotan todos los elogios habidos, por más amplio que sea el inventario, ante destripadores ungidos como monarcas, presidentes, jerarcas religiosos, jueces, banqueros, empresarios y dueños de medios.
Los mismos medios de comunicación que, en connivencia con Scotland Yard, tejieron en mi juventud mi fama de misógino achacándome los numerosos asesinatos de mujeres a manos de esposos, amantes, ex maridos, vecinos… y forzándome a emigrar a la República Dominicana. Para la puritana moral inglesa y su patriarcal sociedad, era preferible centrar todo ese horror en una sola persona que aceptar que detrás de cada cuchillo feminicida siempre hay más de una mano y que ningún crimen tiene más complices que el que le cuesta la vida a una mujer. Pueden o no creerme pero jamás he levantado la mano o el cuchillo contra mujer o infante, así fuera ella prostituta o insoportable el maldito niño. Siempre me limité a destripar pederastas, proxenetas y diputados. También a algún que otro banquero, cura y abogado… bueno… sí, también a ciertos periodistas, funcionarios y cronistas de arte… y si la memoria no me falla, a dos o tres taxistas. En cualquier caso, ya no soy el mismo. Me falta ese vigor que ahora no tengo y que parecía anticiparía mi retiro. Pero hace unos días, que lo que sí conservo es la cabeza, cuando ya me daba por perdido, descubrí una manera eficaz y limpia de seguir desempeñando mi profesión. Un método infalible, discreto, seguro. Un método que me permite eliminar uno diario, dos, veinte…y sin esfuerzo, sentado frente a mi ordenador. Hace dos años que amanecí como miembro de Facebook el día en que, aburrida mi hija, me hizo numerario. Y bien, de improviso, gentes que no conozco, gentes que no debiera haber conocido nunca y algún que otro sincero afecto, comenzaron a mandarme mensajes interesados en ser amigos míos. Yo a todos complacía, uno detrás de otro…aceptado… aceptado…aceptado. Sé que a estas alturas algunos avezados lectores de mi diario ya deben haber descubierto la fórmula que he hallado para seguir ejerciendo mi oficio. Y sí, esa misma es. Luego de alcanzar la cifra de 1.300 amigos, entre íntimos y desconocidos, ahora me dedico a eliminarlos. Sólo tienes que empezar a revisar la página de Facebook, en eso que también llaman Estado y en el que van sucediéndose toda clase de informaciones y elegir la que mejor te cuadre. Alguien que, antes de comer, considera imprescindible ponerte al tanto de la ingesta que se propone y cuelga la fotografía del plato; otro que te aporta una noticia, otra más que cambia su foto de perfil… tolerables todos mientras no abusen. Hasta que aparece el pastor y, lo que es peor, en medio de un sermón. Porque acepto amigos religiosos, pero no les permito que me exijan darle gracias a Dios, y reiterarlo, además, en media docena de mensajes consecutivos y facilitarme una lista de vídeos cristianos donde apacentar mi alma y arrepentirme no sé de qué. Ahí es que pulsó sobre la pestaña “Amigos” y en cuanto aparece la opción de “eliminarlo” la aprieto y la confirmo. Ya cayó uno. Y sigo mi fúnebre ronda por el amplio inventario de amistades facebook arriba y abajo… hasta que aparece el siguiente: un orondo padre de la patria dominicana, posando el impecable traje y la tricolor al pecho, junto al cuadro enmarcado de su mentor. Que conste que respeto todas las ideas políticas y, precisamente, porque las respeto es que mi decisión es tan inmediata como inapelable: ¡Eliminado! Si las ideas surgen del cerebro ahí no había cabeza, tampoco ideas. Por si fuera poco, no se conformaba con su fotografía como presentación y aprovechaba el espacio de mis amigos, a quienes también debo respeto, para glosar la figura de algún impresentable del pasado o del presente y animarme a secundar su nuevo proyecto sostenido y sustentable para la sociedad dominicana, esa misma que aseguraban llevar en el corazón y que terminan llevando en la cartera. Hay una que sigue buscando a su gato… que ojalá lo encuentre; otra que se ha ido de vacaciones a Asturias… que le vaya bonito; denuncias con las que me identifico, mensajes que comparto… hasta que aparece un presunto amigo empeñado en mostarme el interior de su moderno vehículo, sus prestaciones, sus artilugios…y recuerdo que era el mismo que unos días antes me mostrara su sofisticada cámara fotográfica… ¡Eliminado! No faltan tampoco, aunque sean escasos, quienes falten al respeto a Cuba, Venezuela o el País Vasco, a Palestina, al Frente Polisario, a cualquier justa causa que el mundo persiga. Reconozco que son los que con más ahínco elimino, hasta con saña. He llegado, incluso, a aceptarlos nuevamente como amigos sólo para poder eliminarlos otra vez. Ya he conseguido llevar la inflación de amigos que padecía a poco más de mil, y sólo estoy empezando mi labor. Irán cayendo, uno detrás de otro, desde que se confíen y me salgan con vainas de esas inaceptables, con ofertas, con propuestas al olvido… Dentro de algunos meses ya sólo me quedarán algunos pocos cientos, y en un año quizás apenas unas docenas, hasta que sólo queden mis amigas, mis amigos y Sara Pérez.

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