Antonio ALVAREZ-SOLÍS | Periodista ESCRITO EN GARA La venta de un pueblo Ha escrito Alvarez-Solís un artículo, como reconoce al final, «en defensa de mi piracetam», pero no se avergüenza de ello porque con ello representa a los muchos ciudadanos afectados en mayor o menor medida por las restricciones impuestas a las coberturas sanitarias. Denuncia con este escrito que la falta de regulación de los mercados por parte de los poderes públicos redundará en un si cabe mayor enriquecimiento de la ya poderosa industria farmacéutica.
El texto que sigue debe ser considerado como la carta póstuma de un anciano de ochenta y tres años al que una irresponsable ministra de Sanidad -¡Dios, se apellida Mato!- acaba de anunciar que los medicamentos para la mejora de su circulación periférica ya no serán expedidos por el Servicio Nacional de Salud debido a que se consideran viciosos para el funcionamiento económico de la Seguridad Social y del Estado. La Sra. Mato nos ha comunicado a los cientos de miles de ancianos su decisión con un concreto y miserable estilo de matadero municipal: quedan al margen de cobertura social aquellos específicos que protejan contra «el deterioro cognitivo asociado a la edad». Es decir, que los ancianos no sólo llegaremos a nuestro final por imperativo biológico sino que de acuerdo con el diktat del fascismo en el poder llegaremos idiotas y arrastrando dolorosamente nuestra persona. Supongo, señora ministra, que usted tendrá en su despacho «El grito» de Munch. Ello justificaría elevar un crimen a arte. Conste, y lo digo para que la tropa de seguidores que ustedes tienen de resguardo en los periódicos de su signo, que son casi todos -empezando por los miles de estultos redactores de correos que abrazan en su muerte la bandera del patriotismo franquista-, no crean que me sorprenderán con su bofetada por emplear para mi propio beneficio este espacio en mi periódico. Soy plenamente consciente de lo que hago, en primer lugar porque detrás de esta carta hay varios millones de españoles a los que ustedes queman en su pira funeraria para sostenerse en el poder. En España aún se aprecia mucho el olor a carne quemada. Ustedes ya no gobiernan una nación sino que administran un gallinero. Pues bien, este anciano les mira de reojo y con un protocolario desprecio -no vaya a ser que tiren de ley para tenernos «unidos y en orden», como decía quien les transmitió la finca española. Mientras, trato de dar con algún euro con que hacer frente a la restricción de la atención médica o a la subida del gas, la electricidad y el agua, al incremento de impuestos como el IVA o al encarecimiento inhumano de los transportes urbanos o interurbanos, al solapado goteo de cargas ya inasumibles; en fin, busco un euro milagroso para restaurarme un tanto de las sevicias que cargan sobre nuestras espaldas mientras reparan y consolidan el trono de los banqueros. En torno a ustedes se deshace el paisaje de una nación que anda, rota y enferma, entre carteles de «se vende», «se cierra» o se «alquila» mientras el apelativo de «la roja» no anuncia ninguna revolución posible sino que sirve solo para encender una noche de alcohol tras el gol que salve al Gobierno hasta la amarga hora que sigue. Al fondo se extiende un horizonte de fracasos y una retórica de promesas para un futuro donde los jubilados ya no serán sino una turba de «mortos viventes» como dicen los portugueses. Un colega político de usted, Sra. Mato, nos adelantó ya algo de todo esto cuando miró en torno y dijo con pesar que había aquí demasiados viejos. Sra. Mato, ahora ha regresado de Europa el zorro gris para instruirles en la catequesis de la miseria a fin de que ustedes nos vendan medio año más de victoria hueca. Porque lo que ha logrado Italia, llevando a Rajoy como escudero -agua bendita para creyentes náufragos-, está solamente a medio escribir en el gran libro del imperio. La carcajada de ese dinero del que ya no responderá el Estado sino los bancos españoles, como juran los que redactan cartas persas -como si el Estado no fueran esos bancos- horadará el hormigón de los tratados penitenciarios hasta colarse, burlón y cínico, en las celdas en que la ciudadanía espera ya no sabe qué. Esto que le digo no es profecía de barrio sino noticia razonable. Y ustedes lo saben y callan a la espera de que un seísmo celestial nos confunda con otras urgencias. Todo lo benéfico, como afirman ustedes, empezará cuando el sol salga sobre un decenio que resultará todavía más borroso. Y a la espera de ese decenio ustedes nos sugieren que hibernemos como oso que ya no tiene grasa. Sra. Mato, déjenos que los viejos tomemos al menos el comprimido que mejore nuestra circulación periférica para irnos de paseo hasta la tasca donde aún queda un vaso accesible de vino y podamos contarle a algún joven despistado lo que hicieron las generaciones de vida políticamente noble para frenar la carrera siniestra de los señores que portaban los anillos. Muchos de aquellos cabales ciudadanos dejaron la piel prendida en las armas de los servidores del orden público; esos ciudadanos que ustedes detestan y esos servidores que ustedes pasan todos los días por el túnel de lavado de su verborreica lengua. Ustedes saben, y ahí está el crimen, como saben los fontaneros de Bruselas, los del Banco Mundial o los del Fondo Monetario, que el remedio de esta peste no reside en ir emplomando agujeros por donde se escapa la vida de los pueblos, sino en cambiar la estructura económica. ¿Pero acaso les interesa a ustedes la vida de los pueblos? Los poderosos que verdaderamente dirigen el mundo viven precisamente de vendernos el plomo que se maneja en las burdas reparaciones. Necesitamos otra vida, otro modelo de existencia y no esta trapacería de los ahorros atroces donde sobramos los viejos, donde no hay sitio para los maduros y donde se hace pederastia laboral con los jóvenes. Uno ya es muy viejo para bailarles a ustedes el agua. O para empeñarse en solemnidades doctrinales con que interesar sus oídos, porque ustedes no escuchan. Estoy seguro de que cuando acaben con los viejos de hoy habrán ustedes ahorrado el chocolate del loro, pero creo que lo que ustedes pretenden es acabar con el loro. Con todo percibo en muchos pueblos que los jóvenes empiezan a levantarse contra el ensañamiento con que ustedes los tratan. Saben que el límite de la dignidad está en el euro que hay que echar en la hucha gubernamental o en la aspirina que han de adquirir para el abuelo, porque ustedes viven de exprimir la hucha y de cobrarnos hasta los analgésicos. Esa es su economía real. A propósito de la aspirina quiero subrayarle a usted, Sra. Mato, que cuando entreguen al libre mercado estos fármacos, que según el Gobierno ya están obsoletos, los precios van a dispararse exponencialmente, ya que entre las empresas farmacéuticas y los consumidores no estará el aparato moderador de lo público. La existencia del Servicio Nacional de Salud, con su capacidad de compra y por tanto de respuesta, mantenía esos precios moderados, pero cuando esta potente moderación deje de funcionar los enfermos seremos devorados uno por uno por ese monstruo que son los potentísimos laboratorios. Mire usted, Sra. Mato, en mi juventud pasé laboralmente, en una de mis expulsiones del mundo periodístico, por una institución del mundo de la quimiofarmacia y pude comprobar la fuerza que tiene esa esfera para generar una riqueza increíble a sus dirigentes. Tanto es así que uno de los cargos más silenciosa y ferozmente debatidos entre los gobiernos y el empresariado era la Dirección General de Farmacia, de la que nadie suele hablar en la calle. Curioso, verdaderamente curioso. ¿Acaso ha cesado ya esa situación de tono casi bélico? ¿O sigue constituyendo una frontera política parecida, aunque distinta en modos y elegancia externa, a las fronteras donde se guerrea por la droga? Le pregunto, Sra. Mato. Con honradez de periodista antiguo y decisión de ciudadano afectado. Sí, he escrito un artículo en defensa de mi piracetam. No me avergüenzo. Sé que muchos ciudadanos necesitan este producto. Como otros demandan auxilio para sus hemorroides, cuya farmacia también dejará de ser gratis. Ustedes creen, por lo visto, que las almorranas constituyen un prejuicio socialista.

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