Nacionalismo cívico del siglo XXI

Nacionalismo cívico del siglo XXI


Euskadi no puede ser sino aquel espacio de convivencia en el que los que aquí tenemos nuestra residencia nos desarrollemos como sociedad. Las autoridades que elegimos cada cuatro años deben responder a esa exigencia ciudadana. De facilitar la resolución de los problema de todas y todos nosotros. Para eso y no para otra cuestión nos planteamos la política los que pensamos que esta sociedad debe asumir los retos de futuro en tiempos de dificultades, no sólo a nivel de Euskadi, sino a nivel de la Unión Europea y de todo el mundo, por extensión.


La gestión de lo público requiere una serie de valores. El de la honestidad, la credibilidad, la asuncion de las responsabilidades asumidas y ser capaces de afrontarlas sin descuidar que los programas electorales y de gobierno son contratos con la sociedad que nos deposita su confianza en la esperanza de que cumplamos con nuestra palabra. Ya sea en tema de empleo, de educación, de pensiones, como con la ley recientemente aprobada (sin permiso del estado por cierto, que aún tiene la competencia) y otras iniciativas han de responder indefectiblemente a los citados criterios de seriedad en un ámbito como es el de las administraciones públicas.


Los nacionalismos en la Europa del siglo XXI aspiran a ser capaces de tomar decisiones clave para sus pueblos. Escocia ha presentado una propuesta que avanza en la consulta sobre la soberanía escocesa en mayo 2010, a la par que presenta un plan para que todas y todos los escoceses dispongan de una vivienda en el año 2011. La construcción nacional y la construcción social son dos caras de una misma moneda en todo nacionalismo moderno. Porque ambas partes forman un todo en la defensa de que los pueblos, las sociedades nacionales como Euskadi, Escocia, Flandes y tantos otros son las que mejor serán capaces de canalizar y gestionar las necesidades de sus conciudadanos. No aquellas instituciones alejadas de la acera y de los ciudadanos, como pueda ser un ministerio español o francés, que además, tiene otras prioridades. E incluso son capaces de lanzar leyes sin habilitar presupuesto. Es decir. Dar las órdenes sin decir quien lo va a pagar ni cómo. La UE lo llama “Principio de Subsidiariedad”.



Una vez delimitado el terreno de juego hemos de ser capaces de crear las condiciones de un nacionalismo que sea capaz de ser auténticamente vasquista y que busque sin ambages ni ambigüedades la capacidad del pueblo vasco a decidir su futuro. No para tenerlo en una vitrina, sino para ejercerlo en un futuro. Ese es el objetivo a largo plazo de todo nacionalismo. La estatalidad. Como hemos dicho no gratuitamente, sino para lograr un mayor bienestar para la ciudadanía. Ninguna entidad que ha accedido a mayores cotas de autogobierno en los últimos 100 años se ha arrepentido o hecho retrocesión de su soberanía a sus antiguos depositarios. Es un dato a considerar que todo pueblo que ha avanzado en la ampliación de sus niveles de gestión de sus recursos ha considerado tal avance como positivo. Porque consideraban que era su cuestión, su problema nacional el afrontarlo, como así lo hicieron tantos pueblos en el corazón de Europa en el siglo XX.


Nuestra realidad nacional, la vasca, es compleja en su simplicidad. No podemos mirarnos el ombligo y decir que es el conflicto político más complejo del mundo, porque no lo es, ni tampoco desdeñarlo y afirmar que no existe, porque en extenso conflictos políticos hay muchos. Nuestro término medio debe reflejar la voluntad de la mayoría. Pero para ello las posturas han de quedar claras antes, por cada parte involucrada, para lograr ese pacto entre vascos. Algunos funcionan a golpe de encuesta. Y eso es absolutamente negativo. Porque lo que la gente asume como bueno es la claridad en los compromisos y la credibilidad en su puesta en marcha. Es así como convences al votante de las bondades de los proyectos que presentas: creyendo en ellos tú mismo. Y defendiéndolos hasta el final. Poniéndolos en marcha, en suma. Y si la gente empieza a estar cansada no hay que caer en la tentación de señalar que la clave es haberse pasado, porque nos estaríamos olvidando de que puede ser por defecto, como es el caso.


Euskadi lleva inmersa en procesos alternos de soluciones mucho tiempo y el tema vasco, en teoría, está más que trillado. Pero debemos entender que las nuevas situaciones propuestas los últimos años, a la par que novedosas en el ámbito político vasco, han carecido completamente de una campaña pegada a pié de calle para su difusión. Como diría Carod, estos temas deben hablarse en los kioscos, en las cafeterías, en las peluquerías, carnicerías y pescaderías. La sociedad debe estar en “tensión” manteniendo un debate sobre que significa cada una de las propuestas que les propongamos. Con información de primera mano. E instrumentos de democracia participativa para vehiculizar esos sentimientos que todos tenemos de aspirar a una vida mejor para nosotros y los que vendrán detrás de nosotros. Es decir, poder garantizar que la vida de nuestros hijos no será peor que la nuestra. Que podrán seguir llegando a fin de mes. Que tengan un techo donde cobijarse. Que tengan una pensión pública a la hora de jubilarse. Que la sanidad siga siendo pública. Que el estado mantenga sus responsabilidades dando servicios, no dinero contante y sonante, porque eso es pan para hoy y hambre para mañana.


Nuestra responsabilidad pasa sin duda alguna por que ese acuerdo integrador se de aquí, en Euskadi, sin duda. Pero sin vetos de ninguna clase. Si somos demócratas la mayoría decide. Y debemos tener claro que nadie va a venir a solucionarnos nuestro problema o conflicto antes que nosotros nos pongamos seriamente a resolverlo por nosotros mismos. Estamentos internacionales podrán ayudarnos. Asesorarnos. Darnos su opinión en éste o aquél tema. Y ser vehículo para una presión democrática. Pero la experiencia nos indica que no podemos poner nuestras esperanzas y nuestro futuro en manos de instituciones que pueden tardar hasta una década en tomar una decisión sobre un asunto que le consultemos a día de hoy. Podemos y debemos andar todos los caminos que nos ofrece la realidad política en la que nos situamos. Pero sin perder la perspectiva.


Nuestra fuerza es la sociedad vasca. Esa ha sido siempre nuestra baza. Un pueblo detrás de su gobierno. Pero no por ser gobierno. Sino por avanzar en la construcción de la nación vasca. Esa nación social y solidaria a la que muchos aspiramos a convertir en nuestra República Vasca en Europa. Es el aval de la sociedad vasca la que ha hecho posible lo que tenemos y es un recurso escaso y valiosísimo. No podemos permitirnos traicionar su confianza. Ante eso el reto más inmediato es ser capaces de no defraudar en las esperanzas puestas en las promesas y compromisos adquiridos. Ser capaces de ser flexibles como un junco chino, que se dobla sin romperse jamás. Suaves en las formas y determinados en los planteamientos.


Finalmente debemos tener en cuenta que todo avance en la afirmación de la identidad vasca va a tener su coste. Es decir, no va a ser un camino de rosas. El estado no está contento con una profundización en el camino iniciado en 1979 con las autonomías. Se habla de eliminar competencias transferidas y reunirlas en Madrid. Se habla de suprimir la co oficialidad del Euskera. Se habla incluso de la revocación del “privilegio” del sistema de concierto. De momento son minoría. Pero es preocupante para todo demócrata escuchar tales cuestiones. Frente a todos los retos planteados y los planteamientos no podemos sino generar una dinámica de amplia base, con un nacionalismo cívico como el que hay en Europa en este nuestro siglo XXI, un nacionalismo moderno, integrador, preocupado a pié de calle por las necesidades de la gente y que responda a las cuestiones políticas diarias de nuestras sociedades. Con estos mimbres queremos afrontar nuestros desafíos.

Liderazgo, Credibilidad, Motivación, Claridad en el mensaje, Compromiso nítido y Voluntad de cumplimiento de la palabra dada. Porque la sociedad vasca así nos lo demanda y porque somos conscientes de que ahora es el momento. Nuestro momento ha llegado. Porque juntos podemos. Yo estoy convencido de que así es. ¿Quién viene conmigo?


Juan Carlos Pérez Álvarez

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