El nacionalismo separador

30 Jul 2008
JORDI MUÑOZ MENDOZA

07-30.jpgTras décadas de hablar hasta la saciedad de los nacionalismos llamados periféricos, se hace cada vez más evidente que para entender algo de la dinámica política española hay que hablar, también, de otro nacionalismo: el español. Hasta hace bien poco, el nacionalismo español ha sido, tanto en el debate público como en el académico, como el rey desnudo. Estaba allí y nadie osaba ni siquiera nombrarlo. Y se insistía, una y otra vez, en que no existía. Hasta el punto, ciertamente grotesco, de denominarlo no-nacionalismo.

Pero ¿qué es hoy el nacionalismo español? A diferencia de los nacionalismos catalán o vasco, el español rehuye de esta etiqueta, con lo que se hace más difícil identificarlo con claridad. Decía Ernest Gellner, quizás el más influyente teórico contemporáneo de la materia, que el nacionalismo es, sobre todo, un principio político que sostiene que la unidad política y la nacional (en sentido cultural y lingüístico) deberían ser congruentes. Esto es, que el Estado debería coincidir con la nación. Para un nacionalista catalán, vasco o gallego, esto implicaría la construcción de un Estado propio. Para un nacionalista español, en cambio, pasa por afirmar el carácter nacional único de España. Tenemos, pues, una pista importante para identificar tan escurridizo objeto de estudio.

Vayamos un poco más allá. ¿Cómo se expresa, hoy, un nacionalismo español que ya poco tiene que ver con el del franquismo? Es precisamente la ausencia de la grandilocuente retórica nacional franquista lo que lleva a muchos a afirmar hoy su inexistencia. Pero existe. Podemos decir, para sintetizar, que el nacionalismo español contemporáneo tiene una naturaleza dual. Por un lado, se trata de un nacionalismo de Estado como el de cualquier otra democracia occidental de nuestro entorno, que se expresa de modo implícito a través de mecanismos de la cotidianidad. Es lo que se conoce como nacionalismo banal, en la afortunada expresión de Michael Billig. El nacionalismo banal es el de la nación marcada por la bandera que cuelga, inadvertida, en la fachada de los edificios oficiales. Es la nación dibujada en los mapas del tiempo. La que nos recuerda nuestro DNI. O los medios de comunicación, cuando dividen la actualidad entre nacional e internacional, o nos hablan de nuestros deportistas, o nuestra selección, y celebran al unísono los éxitos de la selección española de fútbol, de Fernando Alonso o de Rafa Nadal. El nacionalismo banal español no es ninguna excepción: existe en todos los países de nuestro entorno. Y en algunos, incluso, con mayor intensidad.

Pero el nacionalismo español, hoy, no es solamente banal. A diferencia de lo que pasa en la mayoría de democracias occidentales, en el Estado español existen unos nacionalismos alternativos relevantes que cuestionan continuamente el carácter nacional homogéneo de España. Y frente a estos nacionalismos lo que emerge es algo más que una bandera inadvertida en la fachada de un edificio oficial o una rutina del lenguaje. Hoy existe también un movimiento político, bien definido y articulado, que tiene como prioridad la defensa de la integridad nacional española. Es el españolismo que insiste en que hay una lengua de primera, común y universal, y otras de segunda, locales y particulares. El que rechaza, recorta, recurre y no quiere ni discutir acuerdos mayoritarios de los parlamentos catalán o vasco. Que responde con boicots e insultos a las demandas de mayor autogobierno. Es también el que celebró el desembarco masivo de empresas españolas en Latinoamérica, como una suerte de segunda conquista. Es un nacionalismo que ha diseñado un mapa ferroviario radial y centralizado. Que no quiere que se hable en catalán en TVE o en el Congreso de los Diputados. Que, desde los púlpitos episcopales, proclama la unidad de España como bien moral. Y que tacha de antidemocráticos a quienes plantean, con la fuerza de la palabra y de los votos, proyectos nacionales alternativos.

No cabe duda de que al frente de este nacionalismo se encuentra la derecha española. Tanto en su paso por el gobierno como desde la oposición, el Partido Popular ha alimentado y alimenta un españolismo cada vez más desacomplejado y, a menudo, agresivo. Por cierto, que el giro al centro de Mariano Rajoy, de momento, no parece incluir la moderación en esta materia. Pero no nos engañemos: amplios sectores de la izquierda española no son, ni mucho menos, ajenos a este movimiento. Repase el lector la lista de firmantes del ya famoso Manifiesto en defensa de la lengua común. O bien, hojee un día cualquiera una conocida cabecera de la prensa española, que pasa por portavoz del progresismo oficial. Podrá comprobar cómo, a pesar de una mayor suavidad formal, sus columnistas de referencia y editoriales coinciden en buena parte de los diagnósticos y recetas de este nuevo españolismo.

Hace poco, Joaquín Leguina firmaba en la revista un artículo que bien podría servir como canon del nacionalismo de una parte de la izquierda española. En él, el ex presidente socialista de la Comunidad de Madrid llegaba a tachar de "charnegos redimidos" a José Montilla y a Carme Chacón por su posición respecto a la política lingüística en Cataluña. En un alarde de no-nacionalismo, Leguina mostraba su indisimulada contrariedad por lo que a menudo se interpreta como una traición de buena parte de los catalanes nacidos, o con origen, fuera de Cataluña. Pero ¿no habíamos quedado en que eso de mirar los apellidos y el origen era cosa de pérfidos nacionalistas?

Se trata, en definitiva, de un nacionalismo que, en el mejor de los casos, mira con recelo la pluralidad cultural y nacional del Estado español. Es el nacionalismo de los separadores, más numerosos e influyentes que los separatistas. ¿Era el único posible? Probablemente no. Pero es el hegemónico. Quizás no se trate de algo tan extraordinario, pues en todas partes cuecen habas. Eso sí: el rey va desnudo y es saludable recordarlo.

Jordi Muñoz Mendoza es politólogo de la Universitat Pompeu Fabra e investigador visitante de la Universidad de Yale

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