LA LEALTAD ES COSA DE DOS

Queda ya lejos cuando los vascos en unas circunstancias históricas
marcadas por la transición de la dictadura a la democracia, apostamos
por el Estatuto de Autonomía de Gernika como pacto político doble,
interno entre ciudadanos vascos por un lado y político entre iguales
en la relación entre Euskadi y España. Representó la voluntad
mayoritaria del Pueblo Vasco para (volver a) acceder a su legítimo
autogobierno. Punto de encuentro que reunió a la pluralidad política
democrática vasca en su empeño común de organizar su convivencia y
procurar su bienestar. Clave para el futuro de Euskadi, en cuanto
supuso el acceso a la capacidad para desarrollar políticas sectoriales
autónomas en materias de extraordinaria importancia para el bienestar
de los ciudadanos vascos. Un Estatuto en definitiva, que reconociendo
la realidad plural de la ciudadanía vasca, apostó por emprender la
tarea de cohesionar, construir y proyectar entre todos la sociedad
vasca y sentar las bases para la normalización política de Euskadi.
Resultado de un pacto refrendado por la ciudadanía vasca, perfiló el
marco jurídico del que nos dotábamos para acceder al autogobierno.
Sirvió pues a un triple objetivo: reconocimiento político del acceso
al autogobierno del Pueblo Vasco, modelo de relación entre Euskadi y
España y establecimiento de poderes o competencias que corresponden a
las instituciones vascas. Pero su desarrollo ha sido mutilado.

La actuación política de los distintos gobiernos del Estado ha ido
encaminada sistemáticamente a homogeneizar el proceso autonómico
español. Y como consecuencia de ello, el Estatuto contempla
competencias que no pueden ser ejercidas porque el Gobierno del Estado
no las transfiere, al tiempo que se va produciendo un progresivo
quebranto competencial fruto de Leyes Básicas y de recursos ante los
tribunales. El café para todos que implica esta homogeneización vacía
gravemente de contenido las potencialidades del Estatuto porque rompe
con la concepción de un pacto bilateral entre Euskadi y el Estado,
porque no considera la distinción que el propio marco jurídico vigente
realiza entre nacionalidades y regiones y porque en definitiva de este
modo soslaya las especifidades propias de nuestro Estatuto respecto a
otros. En definitiva, el pacto estatutario ha quedado, y está, muy
marcado por la coyuntura política del momento, en el que se ha
desvirtuado el carácter de pacto inicial y sobre el que los poderes
del Estado realizan legislaciones para recuperar o retener toda la
capacidad decisoria posible. Soy de los que opinan que el desarrollo
del Estatuto vasco fue cercenado por una estrategia premeditada de
regresión autonómica inspirada en el llamado espíritu de la LOAPA que
vio luz a raíz del fracasado golpe de estado del 23 de febrero de
1981. El respeto a ese pacto interno entre vascos por un lado, y
bilateral de Euskadi con España por otro ha sido incumplido. La Villa
y Corte trampea el sentido de la democracia cuando ladinamente apela a
la lealtad en las relaciones de Euskadi para con el Estado, cuando
previamente no existe por parte de éste respeto y lealtad para con la
voluntad política mayoritaria democráticamente expresada por el
conjunto de la ciudadanía vasca como fue el Estatuto de Autonomía de
Gernika. Algo parecido, lamentablemente, ocurrió en Cataluña y en
Navarra. Es que la lealtad es cosa de dos.
José Manuel Bujanda Arizmendi

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