DOS ESTRATEGIAS

Dos estrategias
Ramón Zallo Profesor de la UPV/EHU

http://www.gara.net/paperezkoa/20070730/31149/es/Dos-estrategias

Si pensamos que los retos del periodo son de fondo para acabar el tema
principal que dejó pendiente la Transición, el camino es duro, largo y
difícil. Si se entra al señuelo de querer salir rápidamente de ésta,
bastaría un acuerdo con los socialistas, sabiendo que el límite es el
Estatut de Catalunya

Los debates de las últimas semanas nos interpelan sobre los retos del
período y las estrategias políticas. Y para quienes somos partidarios del
cambio sin violencia del marco jurídico-politico se están dibujando, grosso
modo, dos estrategias diferentes. Si pensamos que los retos son de fondo
para acabar, o encauzar, el tema principal que dejó pendiente la Transición
(el derecho de decisión), sabremos que el camino es duro, largo y difícil,
en aras a la normalización y la pacificación, y que pugnar por el espacio
político entraña tensiones frente a un Estado y a una ETA que no quieren
moverse, ni asumen la «obligación de pactar».

En cambio, si se entra al señuelo de querer salir rápidamente de ésta
-porque ya llevaríamos unos años «en el monte» como dice Basagoiti- entonces
bastaría un acuerdo con los socialistas, sabiendo que el límite es, más o
menos, el Estatut de Catalunya. Claro que, posiblemente, el precio de este
atajo sea perderse en el laberinto. El resultado probable sería que, en
lugar de normalización política nos habrían normalizado; en vez de paz se
daría un nuevo impulso a los armados al mostrarse una incapacidad de cambio
en profundidad del sistema desde las vías pacíficas; y, desanimados y
cabreados, posiblemente se fracturarían, aún más de lo que ya están, las
corrientes que fueron un día partidarias del cambio, en beneficio de los del
«NO me muevo» (PP, PSOE y ETA) salvo que les fuercen.

Esas dos estrategias diferentes se concretan en una serie de dilemas o de
opciones.

O vamos de 2ª transición (o, al menos 1 y 3/4) o de mejora estatutaria y de
autogobierno: Hay que saber adónde se va y creérselo, para llenar unas u
otras alforjas, sabiendo que el primer viaje es compatible con el segundo
pero, en cambio, si se va sólo al segundo destino ese sí es incompatible con
el primero. Ciertamente el camino cambia al peregrino pero ese cambio nunca
debería pasar por perder el norte o abandonar, dejando la meta para más
adelante, para la siguiente generación. Jugar a corto o a la chica en esta
partida de mus es pan para hoy y hambre para mañana.

O una «soberanía compartida» como resultado, o como punto de partida: La
primera alternativa parte del derecho soberano a decidir y de la prudencia
de saber que luego hay que pactar y que el resultado será una soberanía
compartida, que se querría en régimen de bilateralismo obligatorio mutuo
para todas las decisiones que nos afecten. Y ello en la creencia de que la
independencia no estaría a la orden del día o al alcance (sea por peso
social, criterio o contexto).

La segunda alternativa supone, en cambio, no creerse del todo un sujeto de
decisión ni que sea necesaria una acumulación de fuerzas, lo que trae
consigo ir debilitado a una negociación. Es más, más que negociar se
trataría de saber dónde están los límites de la contraoferta.

O se hacen las alianzas desde un programa, o el programa se hace a partir de
unas alianzas. Uno debe elegir el norte, el camino y la actitud, y luego los
compañeros del viaje. En cambio, elegir a los compañeros antes que el viaje
es seguro que te llevará a donde ellos quieran ir o a ninguna parte.

O se buscan consensos desde un proyecto, o unos consensos en busca de
programa. Las mayorías sociales y políticas pueden conseguirse desde un
proyecto, unas sumas, una participación y un liderazgo que, a su vez, son
bases para buscar el máximo de consensos mirando también los intereses de la
pluralidad. Pero es seguro que no pueden conseguirse mayorías si otros ponen
al final el programa o los límites y tú el consenso. (Esto lo aprendí de un
brasileño sobre el sentido del `Puente de la Amistad' que une Brasil y
Paraguay y que se construyó en la época de Stroessner: «Nosotros pusimos el
Puente y ellos la Amistad»).

Es deseable lograr un consenso sólo después de las batallas y de las
cesiones mutuas. El documento al que llegaron PNV-PSE-Batasuna en octubre
pasado podría ser un buen punto de partida.

O se disputa el espacio politico, o se da el derecho de veto a un PSOE
asustado por el PP. En la Mesa de Egino de 2004-06 entre nueve políticos de
sensibilidades distintas se acordó que lo mejor para los procesos de paz y
de normalización era un acuerdo unánime. Si era imposible, se apuntaba que
el siguiente paso era lograr una «mayoría transversal» (más de una
sensibilidad). Si ésta se manipulara convirtiéndola en derecho de veto, se
proponía un arbitraje. Si tampoco funcionara, vuélvase a las mayorías
convencionales posibles y se decía: «Reconocemos tanto el valor de las
mayorías democráticas como la relevancia del pluralismo y del respeto a las
minorías». ¡Pues eso! Hay una obligación de pactar (si quieren). Pero si no
quieren hay derecho a no (tener que) pactar e ir con la iniciativa. Dar el
derecho de veto a otro es anularse para hacer política y convertir a la
minoría en mayoría de hecho.

Movilizar, o desmovilizar. En épocas de cambio, lo que más importa es lo que
la sociedad piensa y cómo hacer aflorar su pensamiento político, en la calle
y en las urnas, sobre proyectos ilusionantes y resolutorios. Los proyectos
ilusionantes orientan, fraguan tejido y movilizan (si se hacen bien las
cosas). Los proyectos sin alma desorientan, dividen y desmovilizan y,
normalmente, pasan factura electoral en beneficio ajeno.

Se baila con todos/as sin exclusiones de partida, o sólo en pareja. No
negociar con ETA mientras haya violencia no debe significar marginar de los
procesos de cambio a la izquierda abertzale. No es imaginable el cambio sin
ella. Pero para llegar a alguna parte ella habrá de transformarse en el
camino: tomar las riendas de su destino. El ámbito es un triángulo, sea
virtuoso o infernal. Mirar sólo al PSOE es tan inútil para el cambio como
útil para el PSE y tan peligroso como atarse de pies y manos a su juego (el
límite legal interpretado políticamente de manera restrictiva primero aquí y
luego allá).

Impedir que te impongan o sólo «no imponer/no impedir». Si algo se ha podido
aprender del No en Cortes al Proyecto de Estatuto Político de Euskadi y de
cómo Zapatero incumplió su compromiso de respetar el Estatut del Parlament
es que no cabe ir a Madrid sólo con el lirio en la mano de una mayoría
parlamentaria, sea grande o pequeña. Zapatero sí es partidario de impedir
aquí y allí.

Es correcto darse reglas morales («no imponer-no impedir»). Hay que partir
de ellas. Pero la política empieza a partir de ahí, cuando el otro sí impone
e impide. En ese caso, o te quedas a llorar a la vera del camino llamándole
«malo» o diciendo «me has engañado», o asumes el reto de «cómo impedir que
te impidan» (por ejemplo, en el Congreso de Diputados), o sea, que te
impongan. No hacerlo sería poco responsable.

Una vía es una consulta indicativa previa que te refuerce, sin que admitas
que te la quieran impedir salvo que no haya mayoría parlamentaria vasca,
claro está.

Cumplir o no cumplir el programa de gobierno. Nunca me ha convencido que no
haya consultas propias porque ETA esté activa y que, en cambio, hagamos
elecciones cada año y medio, y cinco referéndums desde 1976 a pesar de ETA.
Seamos sinceros. La mayoría de quienes lo dicen lo que no quieren es la
consulta sobre «el tema» (ni con ETA ni sin ETA). Consultar, como dice
Madrazo, simultáneamente también sobre ETA tiene ventajas (oportunidad de
deslegitimarla) pero inconvenientes (mezclar pacificación y normalización;
qué interpretar del resultado si PSE y PP llaman a abstenerse de todo;
consultar sobre lo obvio...).

Pero como la condición de «en ausencia de violencia» sí aparece en el
Programa de Gobierno y habría de cumplirse, lo lógico sería preparar y
convocar la consulta pero condicionar su celebración a un alto el fuego. La
pelota democrática estaría en el tejado de ETA (y del Estado, si intenta
impedirla). No parece que haya otra solución. Si la hay, sería bienvenida.

Una consulta de consulta o una consulta de amén. Cabe una consulta tras un
acuerdo de normalización con mayoría parlamentaria vasca, o cabe una
consulta también sobre principios, metodología y proceso, si la primera no
es posible. Lo que tiene, en cambio, un limitado interés es una consulta
sobre los despojos de soberanía que queden tras la criba acá y en Cortes.

Las consultas que consultan son de demócratas que creen en la democracia y
en lo razonable que es la gente en las encrucijadas; y las consultas de amén
reflejan una desconfianza en la democracia y en la gente, y dando a elegir
entre Guatemala y Guatepeor en sus versiones de «ésto o el abismo» o «más
vale este poquito que nada».

En suma, hay que elegir entre apaño y a fondo, entre perpetuar los dos
conflictos o encauzarlos.

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